Dice Fran Lebowitz que es una obviedad decir que los tiempos pasados fueron mejores. Por supuesto que fueron mejores, en el año 2000 tenías 12 años menos que ahora, eras más joven, tenías menos responsabilidades y de una u otra manera lograste sobrevivir, en cambio ahora el futuro es incierto y está lleno de amenazas.

Mi madre con carácter duro y disciplina férrea educó dos caballeros y una dama. O al menos lo intentó. Mis hermanos son hoy su más grande orgullo. Hombres que conservan en todo momento el temperamento tibio, el lenguaje apropiado y que no sabes como lo consiguen, pero siempre están impecablemente vestidos y con el cabello engomado.

Añorando tiempos pasados y deseando haber vivido en otra época, nos obligaba a decir por favor, y gracias, aún en las discusiones más acaloradas.“Lo siento, pero voy a tener que pedirte que por favor dejes de hacer ese molesto ruido”. También, si habíamos cometido alguna falta había que disculparse y demostrar arrepentimiento.

Por otra parte, cuando íbamos a una fiesta o reunión familiar siempre nos presentaba resaltando los atributos específicos de cada uno de sus hijos “Él es Roberto, tiene 14 años y obtuvo 9 de promedio en el colegio. Ella es…”. Esto lo sigue haciendo, sólo que ahora es “Él es Roberto, está casado, tiene 2 hijos y es administrador de…”.

Nos enseñó que teníamos que saludar a todos los que estuvieran presentes en el salón. Uno por uno. Mis hermanos, por ser varones, saludaban sin dejar de ver a los ojos a la otra persona, y yo saludaba extendiendo la mano y bajando la mirada. Si me querían saludar con un beso en la mejilla, tenía que hacer la maniobra para que el beso reventara en el aire y no consiguieran tocarme.

Por supuesto nunca hice drama por los pellizcos en el trasero, los abrazos pasados de tono o las insinuaciones y propuestas de los viejos rabo verde que conocí en aquella época. Lo propio de una señorita decente era mantenerse alejada de esas personas sin hacer escándalo, porque al final la gente terminaría diciendo que tu los provocaste.

Por otra parte, disfrutaba mucho cuando mis hermanos tenían que dejarle el asiento a una señora en el bus y veían a mamá esperando una señal de aprobación por haberse portado como todos unos caballeros.

Abrir la puerta del auto a las mujeres, levantarse de la mesa si una dama se levantaba, no poner los codos en la mesa, no maldecir, no eructar, no levantar la voz, ser puntuales, ser generosos en halagos, nunca criticar o emitir juicios sobre otras personas en público, tocar la puerta antes de entrar, nunca visitar a alguien sin haberlo anunciado antes, callar cuando alguien más está hablando y poner atención a lo que dice. Es lo menos que se espera de una persona educada, nos enseñó mi madre.

En aquellos tiempos pensaba que vivíamos con más disciplina que en un campamento militar y muchas veces incitaba a mis hermanos para rebelarnos de la tirana. Nunca lo conseguí. Ellos la seguían como a un Dios y me veían como un animalito al que hay que proteger y domesticar.

Recuerdo que un día recurrí a papá para quejarme de lo que yo consideraba abuso infantil, él me sonrió y me dijo que no me preocupara, que cuando fuera mayor podría hacer lo que quisiera y yo le contesté “Cuando sea libre te llevaré conmigo, papito.” y él no paró de reír en días. 

Ahora, con el paso del tiempo y entendiendo un poco más la naturaleza humana, estoy segura que todo niño debería tener una madre cariñosa en casa y recibir un par de horas al día de la disciplina de mi madre.

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