Tenía la costumbre de contar largas historias cuando era niña. De hecho, es por eso que empecé a escribir: Mi padre estaba harto de escucharme hablar por horas sobre cualquier acontecimiento que había ocurrido en la escuela, y sugirió que debería escribir mis relatos en papel.

Al principio, el acto de escribir todos los detalles me pareció demasiado trabajo, así que intenté dibujar a mano mis historias en forma de comics. Por desgracia, pronto descubrí que tenía la capacidad artística de un pepino epiléptico. Finalmente, fue más fácil omitir los dibujos del todo, y acabé escribiendo descripciones detalladas de cabo a rabo.

Mi abuela dice que yo salí del vientre con una historia que contar, y que no me he callado desde entonces. Mi mamá piensa que probablemente me quedaré sin algo que contar algún día.

Tengo veintiséis años ahora, y todavía me queda mucho por contar.

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