Por la mañana iba a salir con mi mamá al banco para retirar dinero del cajero automático pero el auto no arrancó. Como no teníamos ni para el bus le dije a mi mamá que me esperara en casa y que yo iría caminando hasta la plaza. Imagino que la mayoría de las mujeres como yo ha recibido su buena dosis de pitazos, silbidos y piropos -lindos o asquerosos- cuando caminan por la calle. Esa actitud de los hombres me molesta mucho y a veces me da terror paralizante al punto de evitar salir a cualquier parte, pero esta vez me armé con audífonos y música a todo volumen en el iPod para no escucharles ni enterarme.

Al salir de casa una de las bocinitas de los audífonos dejó de funcionar. No sé por qué. Simplemente se murió. Moví el cable de un lado a otro pero no parecía haber modo de que volviera a la vida aunque pusiera el volumen a tope apenas se podía escuchar algo, así que ahora llevaba la música en un solo oído. Exasperada por eso, y los pitazos y silbidos que estaba recibiendo, me puse en un estado de ánimo semi-gruñón.

Total, caminé como media hora hasta la plaza donde está el banco. La fila en el cajero automático iba lenta porque ah como el cuesta trabajo a la gente usar un simple aparato electrónico. Además, me di cuenta que algunas personas insertan su tarjeta, checan saldo, retiran dinero, sacan la tarjeta, la vuelven a meter y checan saldo de nuevo. O sea… ¿Para qué? ¿No saben restar o qué demonios les pasa?

Total, que cuando por fin llegó mi turno, entré a la cabina y la pantalla del cajero decía “Fuera de servicio temporalmente”. Entré al banco y le dije al poli lo que pasaba. Me mandó con un ejecutivo. Esperé como veinte minutos a que se desocupara el fulano y le platiqué lo del cajero. Llamó a alguien por teléfono y me dijo que el técnico lo checaría. Regresé a la cabina y había otros clientes ahí entrando y saliendo cuando veían el anuncio en la pantalla. Me quedé esperando un buen rato. Escuché ruidos detrás del cajero y algo le movieron porque el cajero se reinició. El técnico dijo “Ya quedó” y se fue.

Cuando terminó de reiniciarse el sistema apareció de nuevo el mensaje de error. Salí corriendo a avisarle al técnico pero ya no estaba. Fui otra vez con el ejecutivo a quejarme. Debe ser el sistema dijo, pero no se preocupe, pase a la fila Premier y en ventanilla puede retirar. Me formé en la fila, pasé rápido eso sí, porque sólo había dos personas delante de mí. Le entregué la tarjeta a la cajera y le dije que quería retirar cuatro mil pesos. Me pidió mi identificación y se la entregué. “Su identificación no coincide con la del titular de la cuenta”. Pues claro que no, la cuenta es de mi mamá, yo solo vine a retirar dinero pero el cajero automático no sirve. Lo siento, la única persona que puede retirar dinero de esta cuenta es el titular. Intenté explicarle todo el asunto pero se negó. Bueno, le dije, devuélvame la tarjeta, voy al cajero de Av. Colón. Llamó al gerente, hablaron no sé qué cosas en voz baja y decidieron retener la tarjeta. “Tiene que venir su mamá a recogerla”. Les dije hasta de qué se iban a morir y salí del banco furiosa.

Hacia la mitad del camino de regreso a casa resucitó la bocinita de los audífonos. Estaba una canción de Sia que me gusta mucho y el sonido en los dos oídos me pareció casi orgásmico. Estaba pensando que este sería uno de esos días horribles, pero esto me puso instantáneamente feliz.

Tal vez fue el vértigo de la calidad del sonido, o la alegría momentánea al pensar que de aquí en adelante el día sería mejor, que después de haber mirado con cara de asesina serial a un tipo que pasó en su auto junto a mí, muy despacio, decidí que al próximo lo dejaría comerme con la mirada. Así que empecé a tararear la canción que escuchaba en ese momento y a bailar un poco mientras caminaba, moviendo las caderas más de lo necesario.

Le sonreía a los que se acercaban, les guiñaba el ojo a los que me saludaban desde sus autos, a algunos -hombres o mujeres- que me miraban tímidamente les mandé besos al aire. Fue una experiencia liberadora, para ser honesta. Estuvo bien, pero no quiero que se me haga hábito, porque llegó un momento en que me sentía frustrada si no me volteaban a ver.

Regresé a casa sin dinero ni tarjeta, pero con una sonrisa de oreja a oreja que mi mamá no entendió ni yo supe explicar.

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