Me encuentro a Romeo en el café. Me saluda con cariño, como siempre. Se le ve inquieto, de mal humor. Le pregunto si todo está bien y así inicia esta conversación sobre México y los hijueputas.

Uno de sus trabajadores llamó para avisar que no se presentaría a trabajar porque se sentía muy mal. Al día siguiente, el trabajador llegó a la empresa con su constancia de incapacidad expedida por el IMSS. Romeo, que es el patrón, lo vio y se acercó a preguntar cómo se sentía. El trabajador se veía en mal estado, como si hubiera pasado varias noches sin dormir. En la clínica lo incapacitaron por un día, con la indicación de que si se seguía sintiendo mal regresará al día siguiente a urgencias.

Para pasar a consulta sin cita hay que llegar a las cinco o seis de la mañana y esperar varias horas para ser atendido porque bueno, se siente mal, pero no está grave. El chico presentaba dolores en el pecho y dificultad para respirar. El doctor lo revisó de prisa y antes de quince minutos salió del consultorio con una receta médica. Después fue a la farmacia del hospital e hizo 45 minutos de fila, pero al llegar su turno le indicaron que no tenían las medicinas que el doctor le recetó y que debería comprarlas asumiendo los costos.

Fue a una farmacia particular donde sí tenían las medicinas. Costaban mil setecientos pesos. No le alcanzó. Regresó con el doctor del Seguro Social para solicitarle que le recetara otras medicinas que sí tuvieran en existencia. Para esto, tuvo que esperar hasta que el doctor se desocupó. Dos horas después salió de la clínica con una cajita de Paracetamol.

Es una injusticia. -, dice Romeo. Y continúa… Pago las cuotas patronales religiosamente para que mis empleados y sus familias tengan acceso a médicos y medicinas. Cualquier día que vayas a una clínica del Seguro Social, a cualquier hora, vas a encontrar filas de gente esperando para ser atendidas por un médico o para recibir medicamento. Las farmacias no tienen ni siquiera el cuadro básico de medicinas. Los médicos tienen una lista interminable de pacientes que atender y les dedican diez o quince minutos a cada uno, para poder atender a la mayoría, pero casi siempre es imposible. La revisión que hacen de los enfermos es ridícula y como no hay medicinas a todos les recetan Paracetamol.

Así es y así seguirá siendo. ¿Y sabes por qué? Porque en este país nadie hace nada. Nadie se queja, ni protesta, ni defiende sus derechos. Nos preparan para que todo se nos olvide. Tragedia tras tragedia, drama tras drama, todo se nos olvida. Nos llenan de programas de televisión donde muestran la miseria de los demás, pero nos hacen creer que si no te pasa a ti, entonces estás muy bien y no deberías quejarte.

¿Qué pasaría si un buen día esa gente que está haciendo fila en una farmacia del Seguro Social decide no moverse de ahí hasta que les surtan las medicinas que les recetó el médico? Paralizan el sistema. Lo ponen en shock. Y probablemente el sistema mande a sus policías a desalojar a los revoltosos. Sí, esos mismos policías que vestidos de civiles están asaltando negocios, secuestrando empresarios, protegiendo narcos. Policías delincuentes protegidos en la impunidad de los gobernantes corruptos.

Porque siempre salen con el cuento de que esos que secuestran son gente pobre que quiere hacer dinero fácilmente. Eso es falso. Los criminales son los policías que saben que pueden cometer delitos sin temor a recibir castigo, porque quién los va a detener, ¿Sus compañeros que son igual de delincuentes? ¿Sus jefes que se benefician con con un porcentaje? ¿El gobernante que convenientemente los protege?

Pero volviendo al tema del IMSS y las medicinas. ¿A dónde se va todo el dinero de las cuotas patronales? A los bolsillos de los políticos. A sus campañas. A sus lujos. Son unos hijueputas. ¿Qué pasaría si un buen día los empresarios deciden no pagar la cuota patronal hasta que sus empleados tengan un servicio médico de calidad y una farmacia bien surtida? Otra vez, pondrían al sistema en shock. Pero lo más probable es que el gobierno los sancione con multas, suspensión o cárcel. Algún delito les inventarán y nadie hará nada para evitarlo. Lo único que hacemos es comentar esta terrible situación con la familia a la hora de la comida, o con los amigos en el café. Lo comentamos en voz baja, porque no vaya a ser que el de la mesa de a lado sea narco o algo peor, político, por ejemplo.

-¿Y López Obrador? -le pregunto. Ha prometido combatir la corrupción y a mí me parece que es un político honesto. Hasta hoy no se le conocen mansiones, ni que viva entre lujos, como casi todos los que están buscando el poder. Porque dicen que hay dos cosas que no se pueden esconder: el dinero y lo pendejo. Y creo que de eso él no tiene nada.

Romeo no duda: El peje puede ser muy honesto y todo lo que quieras, el problema es que cree que él solo puede cambiar este país y que con palabras bonitas va a hacer que los hijueputas se harán gente de bien, generosos y trabajadores. La realidad es otra. No van a dejar de robar, secuestrar, asesinar, porque alguien se los diga, mientras que a las otras cien millones de personas les vale madres y se quedan inmóviles ante tanta injusticia.

-¿Entonces que nos queda, Romeo?

No lo sé. Tal vez vivir con bajo perfil. No salir si no tienes que salir. Esperar que no te toque. Y si te toca, esperar que no te maten. Y si no te matan, esperar que no te vuelva a tocar.

-¡Uf! Que fuerte. Eo es vivir en estado de sitio, Romeo. Que triste que no podamos hacer algo más.

Bueno, también puedes venderle tu alma al diablo. Son buenos tiempos para ser hijueputa, porque nadie hace nada en este país.

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