Llevaba varios días en el rancho de los abuelos. Los primos mayores dijimos a los pequeños que iríamos a cazar víboras y nos fuimos a un lugar apartado. Esperamos un buen rato haciéndonos los locos para cerciorarnos que no pasara nadie por ahí. Encendí el canuto con un cerillo y les expliqué como debían fumarlo. El humo en los pulmones hasta que no aguanten más. Les costó trabajo porque tosían mucho pero al poco rato ya todos teníamos risa contagiosa. El olor de la hierba quemada llegó hasta el corral donde estaba la abuela dándole desperdicio a las gallinas. Tíos, papás y abuelos nos hicieron juicio sumario. Intenté negarlo pero me delataron la risita tonta y los ojos rojos de Belcebú. Castigada por dos meses.

 

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