Es el primer día que me dejan manejar sola el viejo Renault de papá. Voy a buscar a mamá a su clase de catequesis. Debería sentirme contenta pero no estoy disfrutando el viaje. Tengo cólico y siento el estómago pesado. No sé si me cayó mal la cena picante de la noche anterior o el café concentrado de esta mañana. El aire se siente pesado. Estoy sudando. Hace mucho, pero mucho calor. Debe ser el preludio de una tormenta. Acelero porque no me siento bien. Mi estómago hace ruidos raros, luego se queda en silencio un momento y finalmente mete presión para desalojar todo su contenido. Aprieto el trasero con todas mis fuerzas. Duele. Giro a la derecha en la esquina y veo a mamá con el padre Castro en la banqueta. Me saluda a lo lejos con la mano. Sé que no podré evitarlo. Satanás quiere salir por mi trasero y si no lo dejo me lo va a reventar. Oh, Dios. Bajo la velocidad. Tengo que dejarlo ir. Despresurización en 3… 2… El alivio es inmediato pero ahora mis nalgas se resbalan en la porquería. El olor es terrible. Cuando me detengo junto a mamá la escucho decir: “Súbase padrecito, nosotras lo llevamos”.

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