El dueño de la pizzería era mi amigo y algunos fines de semana me llamaban para que lo ayudara en la cocina haciendo un poco de todo. Me pagaban poco, pero me gustaba porque el ambiente era divertido. Estaba contándole a Mariana la historia bizarra del tipo que me propuso matrimonio cuando escuché a alguien decir “De seguro estabas embarazada.” Era la chica que amasaba la masa, que nunca hablaba y que siempre tenía el mandil sucio. Levanté la ceja y la miré con cara de quién te invitó a mi plática y me dijo con hostilidad “¿Qué? ¿Abortaste?” La sangre me hirvió y mis ojos se llenaron de lágrimas. Mariana dijo “Tranquila, no vayas a hacer una locura.”. Era demasiado tarde. Levanté los puños y fui tras ella. Después, todo se veía rojo. Ocho puntos de sutura y 27 horas después me contaron que cuando la tuve cerca perdí el conocimiento por el golpe seco del rodillo en mi cabeza. ”Pero… ¿Por qué?” Ella estaba secretamente enamorada del flaco que manejaba la máquina de yogur que al mediodía dijo en voz alta que yo tenía buen trasero.

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