El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, en este sentido somos papel donde se escribe todo lo que sucede, somos la memoria que tenemos.

José Saramago.

Algunas veces me esfuerzo mucho por hacerme notar y suelo ponerme nerviosa y terminar en situaciones realmente ridículas y embarazosas.


En el Starbucks
La flaca que me atendía en el Starbucks se veía superlinda con sus dientes muy blancos que hacían juego con su piel morena. Me gustaba ir a tomar café ahí porque el lugar era muy tranquilo, pero además era obvio que había algo de química entre nosotras. Siempre me saludaba por mi nombre y me servía el café sin hacerme esperar en la fila.

Aquella mañana había mucha gente en el lugar y cuando me llevó el café a la mesa para hacerle algo de plática le dije: ¿A quién se le ocurrió poner a Ricardo Arjona en el sonido ambiental? Es un asco. El tipo es un idiota. Se cree poeta. Dan ganas de meter la cabeza a un horno encendido cada vez que lo ponen en la radio. ¿No es cierto?

La chica me miró con el ceño fruncido y después de un momento dijo en tono dramático: -Soy de Guatemala. “Quién dijo ayer” es mi disco preferido y Arjona es mi cantante favorito. -Antes de irse puso el ticket en la mesa y dijo: Son 45 pesos.


En la playa
Todas mis amigas habían ligado desde el primer día pero yo había preferido esperar hasta encontrar a alguien especial. Aquella tarde creí que lo había encontrado tomando el sol en la playa y ya llevábamos unos veinte minutos intercambiando miradas de apareamiento cuando finalmente se acercó hasta donde yo estaba y me saludó. Iba a responder el saludo pero se me atoró la menta que tenía en la boca, la tosí impulsivamente y fue a parar a su estómago junto con una mucosa amarillenta. Fin del romance.


Tinder
Salí con un flaco de Tinder al cine, un bodrio de película que dura como ochenta horas. Intenté hablar pero me miraba con cara de pedo maloliente cada vez que hacía un comentario así que finalmente me callé y continuamos viendo la pantalla en silencio. Salimos del cine. “No deberías hablar a media película.”, dijo. “Es de mala educación”. Aprendí a la mala que el cine para primera cita es terrible.

Otra de Tinder es cuando salí con un chico que me cuestionó absolutamente todo lo que hago en la vida:

Mi profesión –Debí haber estudiado otra cosa.
Mi automóvil –Ese fabricante es el peor. Son autos desechables. Mal motor. Mal servicio. Malo todo. Debí comprar Jeep.
El lugar donde vivo –Buena ubicación pero es una zona muy cara e insegura. No vale la pena.
El lugar donde trabajo –Te explotan, pagan una miseria, te acosan por ser mujer.
El lugar donde voy de vacaciones –Una estafa, por lo que cuesta es mejor ir a tal o cual playa, más barato, más europeos, menos nacionales.
Series de Netflix que veo –Soy inmadura, debería ver documentales.

Yo la verdad es que preferí no contradecirle. Él tenía más de 30, no trabajaba, vivía con la mamá con quien parecía tener una relación bastante edípica y no tenía celular (en realidad sí tenía, pero sin plan porque “total en todos lados hay wifi”). Después de eso decidí tomarme un tiempo fuera de las apps de dating.


El abuelo
Una vez charlando con una que me arreglaba el cabello le comenté así como si nada que ya había estado en esa misma casa otras veces porque le había comprado unas artesanías a su abuelo, la chica no me dijo nada al respecto pero después me enteré que el que vende artesanías es el marido. Debo haber quedado como una hija de puta.


La chica de la librería
En la librería sólo estábamos aquella chica y yo. Pude notar que ella me inspeccionó de arriba abajo, lo que interpreté como un signo de que yo le gustaba. Dicen que existe un radar para detectar ese tipo de cosas pero yo jamás he podido saber a simple vista quien es lesbiana y quien no, a menos de que tengan actitudes demasiado obvias.

Compramos los libros, salimos al mismo tiempo de la tienda y nos subimos al mismo autobús. Durante el viaje de regreso me dediqué a inspeccionarla de manera discreta. Era muy bonita. Llevaba el cabello muy corto, con peinado de niño, pero la prueba irrefutable fue el arcoíris que tenía en su bolso de mano.

Cuando levanté la vista nuestras miradas se encontraron, ella desvió la mirada por un momento y cuando volvió a verme le sonreí coquetamente. De inmediato se levantó, jaló el cordón para que se detuviera el autobús, salió como si de ello dependiera su vida y me dejó con un sentimiento de haber hecho algo terrible.

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