Mi madre con carácter duro y disciplina férrea educó un caballero y una dama. O al menos lo intentó. Mi hermano es su más grande orgullo. Conserva en todo momento el temperamento tibio, el lenguaje apropiado y no sabes cómo lo consigue, pero siempre está vestido de manera impecable y con el cabello engomado.

Añorando tiempos pasados y deseando haber vivido en otra época, nos obligaba a decir por favor, y gracias, aún en las discusiones más acaloradas. “Lo siento, pero voy a tener que pedirte que por favor dejes de hacer ese molesto ruido”. También, si habíamos cometido alguna falta había que disculparse y demostrar arrepentimiento.

Por otra parte, cuando íbamos a una fiesta o reunión familiar siempre nos presentaba resaltando los atributos específicos de cada uno “Él es Roberto, tiene 14 años y obtuvo 9 de promedio en el colegio. Ella es…”. Esto lo sigue haciendo, sólo que ahora es “Él es Roberto, está casado, tiene 2 hijos y es administrador de tal empresa. Ella es Valeria y sigue soltera.”

Nos enseñó que teníamos que saludar a todos los que estuvieran presentes en el salón. Uno por uno. Mi hermano, por ser varón, saludaba sin dejar de ver a los ojos a la otra persona, y yo saludaba extendiendo la mano y bajando la mirada. Si me querían saludar con un beso en la mejilla, tenía que hacer la maniobra para que el beso reventara en el aire y no consiguieran tocarme.

Por supuesto nunca hice drama por los pellizcos en el trasero, los abrazos pasados de tono o las insinuaciones y propuestas de los viejos rabo verde que conocí en aquella época. Lo propio de una señorita decente es mantenerse alejada de esas personas sin hacer escándalo, porque al final la gente terminaría diciendo que tú los provocaste.

Por otra parte, disfrutaba mucho cuando mi hermano tenía que dejarle el asiento a una señora en el bus y veía a mamá esperando una señal de aprobación por haberse portado como todo un caballero.

Abrir la puerta del auto a las mujeres, levantarse de la mesa si una dama se levantaba, no poner los codos en la mesa, no maldecir, no eructar, no levantar la voz, ser puntual, ser generoso en halagos, nunca criticar o emitir juicios sobre otras personas en público, tocar la puerta antes de entrar, nunca visitar a alguien sin haberlo anunciado antes, callar cuando alguien más está hablando y poner atención a lo que dice. Es lo menos que se espera de una persona educada, según mamá.

En aquellos tiempos pensaba que vivíamos con más disciplina que en un campamento militar y muchas veces incitaba a mi hermano para rebelarnos de la tiranía. Nunca lo conseguí. Él la seguía como a un Dios y a mí me veían como un animalito al que hay que proteger y domesticar.

Recuerdo que un día recurrí a papá para quejarme de lo que yo consideraba abuso infantil, él me sonrió y me dijo que no me preocupara, que cuando fuera mayor podría hacer lo que quisiera y yo le contesté “Cuando sea libre te llevaré conmigo, papito.”. No paró de reír.

Ahora, con el paso del tiempo y entendiendo un poco más la naturaleza humana, estoy segura que todos los niños y niñas deberían tener una madre cariñosa en casa y recibir un par de horas al día de la disciplina de mi madre.

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